Tu identidad es más grande que el béisbol
Durante la mayor parte de mi vida, si me hubieras preguntado quién era, el béisbol habría estado entre las primeras cosas que habría mencionado.
Yo era jugador de béisbol.
El juego se había convertido en parte de la manera en que me veía a mí mismo. Había pasado años practicando, entrenando, compitiendo y soñando con hasta dónde podía llevarme el béisbol. Como tantos jugadores, sin darme cuenta había ligado mi identidad a lo que podía lograr dentro del terreno.
Entonces llegué a la universidad.
Pasé cuatro años jugando béisbol universitario en la División II de la NCAA.
En esos cuatro años, tuve seis turnos al bate.
Seis.
Cuando has dedicado tanto de tu vida a este deporte, es difícil explicar lo que algo así puede hacerte por dentro. Yo quería competir. Quería una oportunidad. Pero, más que nada, quería sentir que pertenecía ahí.
En cambio, pasé la mayor parte de mi carrera universitaria mirando desde el dugout.
Y eso casi me destruyó.
Hay un recuerdo de esos años que todavía llevo conmigo.
Antes de algunos juegos, mi head coach o mi coach de infield se dirigía al equipo y decía algo como: “Los que saben que no van a jugar esta noche, déjense puestos los turfs por si necesitamos poner la lona.”
Yo sabía perfectamente a quiénes se referían.
Todavía recuerdo mirar desde el otro lado del dugout y cruzar miradas con esos coaches, mientras llevaba tanta rabia y resentimiento dentro de mí.
Y lo que hacía que doliera aún más era saber todo lo que ya había dado ese día, incluso antes de que comenzara el juego.
Muchas veces, mi día empezaba antes que el de los demás. Mis compañeros de cuarto y yo nos asegurábamos de estar entre los primeros jugadores en llegar al campo. Si había llovido, sacábamos el agua acumulada y ayudábamos a preparar el terreno.
Yo rastrillaba el área alrededor de tercera base intentando dejarla lo más perfecta posible.
Parte de eso era simplemente el orgullo de hacer bien mi trabajo. Pero también había otra razón que significaba mucho para mí.
Si existía aunque fuera la más mínima posibilidad de que me dieran la oportunidad de jugar tercera base ese día, no iba a permitir que un mal bote me quitara una de las pocas oportunidades que pudiera recibir.
Después venía la práctica de bateo.
Me tomaba cada ronda en serio. Cada swing importaba porque quería que alguien se fijara en mí. Quería que el cuerpo técnico viera algo que pudiera hacerlos cambiar de opinión sobre mí.
Pero el momento más difícil llegaba casi al final del infield/outfield antes del juego.
Yo sabía lo que venía.
Tomaría mi último roletazo.
“¡On the run!”
El coach bateaba un rolling lento. Yo atacaba la pelota, muchas veces la recogía con la mano limpia, y hacía el tiro.
Y dentro de mí siempre existía la misma esperanza:
Quizás hoy sea el día.
Quizás esa jugada fuera suficiente.
Quizás hoy, por fin, uno de mis coaches vería valor en mí.
Ahora que miro hacia atrás, esa frase me duele más que cualquier otra cosa.
Porque ya no estaba simplemente tratando de ganarme tiempo de juego.
Estaba tratando de demostrar que tenía valor.
Eso es lo que sucede cuando el béisbol se convierte en tu identidad.
Si un coach te pone a jugar, te sientes valioso. Si no lo hace, sientes que no vales nada. Si te vas de 4-4, sientes que eres alguien. Si te vas de 0-4, comienzas a cuestionarlo todo.
Había permitido que personas con una tarjeta de lineup en sus manos tuvieran autoridad sobre algo que nunca debieron controlar:
mi valor.
Con el tiempo, tuve que recordar una verdad mucho más grande que el béisbol.
Yo era creación de Dios mucho antes de ser jugador de béisbol.
Génesis 1:27 nos enseña que Dios creó al ser humano a Su imagen. Y Efesios 2:10 dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras”.
Mi valor no comenzó el día que alguien me entregó un uniforme de béisbol.
Y tampoco podía desaparecer simplemente porque un coach decidiera no poner mi nombre en el lineup.
Desearía haber entendido esa verdad mucho más profundamente cuando estaba parado en aquel dugout.
Desearía que esa versión más joven de mí hubiera entendido que no necesitaba que un coach me diera valor, porque Dios ya me lo había dado.
Eso no significa que dejemos de preocuparnos por el béisbol. No significa que esté mal querer ser titular, tener éxito o llegar al siguiente nivel.
Colosenses 3:23 nos dice: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor”.
Así que trabaja.
Entrena.
Compite.
Tómate en serio cada ronda de batting practice. Deja el terreno perfectamente rastrillado. Toma ese último roletazo como si estuvieras en la parte baja de la novena entrada de la Serie Mundial Universitaria. Lucha por ganarte un puesto como titular. Conviértete en el mejor jugador de béisbol que puedas llegar a ser.
Pero entiende por qué lo estás haciendo.
No trabajes desesperadamente esperando que tu rendimiento convenza a alguien de que tienes valor.
Trabaja porque Dios ya te ha dado valor, y ahora tienes la oportunidad de honrarlo con las habilidades que Él te dio.
Pasé cuatro años jugando béisbol universitario y solamente entré a la caja de bateo seis veces.
En aquel momento, esos seis turnos al bate parecían medir cuánto valía.
Hoy entiendo algo que desesperadamente necesitaba saber en aquel entonces:
Soy creación de Dios antes que jugador de béisbol.
Algún día te quitarás el uniforme por última vez. Los juegos terminarán. Las estadísticas se convertirán en recuerdos. Incluso los mejores jugadores algún día tomarán su último roletazo.
Pero tu identidad en Cristo permanece.
El béisbol es lo que juegas. Jesús te dice quién eres.